Hilos del alma

Llegué al sanatorio como lo hacía todas las tardes desde que Noemí estaba internada y en coma. Siempre lo más rápido posible para estar más tiempo junto a ella.
Hacía un mes que se encontraba en ese estado y yo no podía pedir licencia en mi trabajo para cuidarla todo el día, así que aprovechaba todos los momentos para estar con ella.
Me gustaba llegar, ver su plácido sueño, sentarme en su cama, acomodándola a ella sobre mi pecho, tomarla de la mano y sentir su respiración despaciosa. Todas las tardes igual. A veces le hablaba y le contaba sobre cómo había sido mi día. Otras veces me quedaba simplemente en silencio.
Esa tarde llegué y me puse en la posición de siempre. Sus manos estaban tibias y me aferré a ella. El cansancio me venció y me adormecí unos momentos.
En esos ratos de sopor que uno tiene, suele soñar siempre algo breve y en mi visión soporífera me vi junto a ella, así como me había recostado tomándole las manos y su cabeza en mi pecho. De pronto un hilo brillante y plateado vi salir desde su corazón, que se elevaba al cielo raso y desaparecía.
Al despertarme de esa ensoñación, supe que ella se había ido. Incluso, sentí que su peso era a penas perceptiblemente un poco más liviano.
Sus manos estaban frías. Al no escuchar su respiración, puse mi mano sobre su pecho para escuchar el latido. Pero latido no había.
Quizás esa leve liviandad que sentí de su cuerpo, eran esos 21 gramos que los médicos dicen que cuando alguien muere se pierden. Quizás esos 21 gramos era el peso de su alma, que en mi sueño se elevó en forma de un hilo luminoso y plateado.
Llamé a los médicos y efectivamente había muerto.
No pude llorar, ni llorarla luego.
Y pasaron los días. Pero todas las noches, al apagar la luz, frente a mi cama, veía con claridad el haz de luz plateada que había visto en mi ensoñación. Era el alma de Noemí que estaba junto a mi. La sentía cerca, muy cerca, y todos los días esperaba ese momento para reencontrarme con su luminosa alma.
Una noche, mientras miraba el hilo de luz suspendido a los pies de mi cama sentí el deseo de hablarle y contarle como me sentía.
El haz de luz se acercó a mi pecho, y desde él pude ver cómo salía de mí un pequeño y brillante hilo luminoso como el de ella, que se enredaba con el de Noemí y se elevaba.
Y volamos juntos por arriba de la ciudad, mirando las luces y las gentes y los coches pasar, escuchando los ruidos de los autos, los perros que ladran y algún maullar de gatos. Pero poco a poco me daba cuenta de que perdía los sentidos, la vista comenzaba a nublárseme, el oído lo comenzaba a perder y no tenía tacto ni gusto ni olfato. Hasta quedar por completo sin sentidos.
Quedé sumido en un estado abstracto, donde los sentidos no existen y donde los sentimientos tampoco, y comprendí que estaba simplemente mi alma frente a una paz interior y una gran sensación de calidez.
Lo que vino luego, no puedo explicarlo con palabras, pues no existen palabras para expresar los estados del alma.
No sé cuanto tiempo pasó. Pero de pronto volví a estar en mi cama y vi
regresar el haz de luz que había partido de mi pecho, hacia mí mismo.
Comprendí entonces, que Noemí quiso mostrarme, por un rato en el estado en que se encontraba.
Desde ese día no me perturbó más su ausencia. Y el hilo de su alma no volví a verlo nunca más a los pies de mi cama.
02/11/08

3 comentarios:

Meli dijo...

Necesitaba mostrar su nueva vida más allá de la muerte. Eduardo me parece genial. Me ha gustado y he imaginado ese viaje más allá de los sentidos.

Gracias y besotes.

Melba dijo...

Muy bonita historia.

Un abraz♥

dijo...

Me gustó mucho tu relato..

La forma de terminarlo

Un gusto leerte en esta faceta amigo

Abrazos

Bismark

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El Río de la Plata y yo

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