Soy inocente

La noticia corrió rápido por el pequeño pueblo Alcorta de solo trescientos habitantes.
Era ya la quinta violación y muerte de un adolescente. Muchachos entre quince y dieciocho años que fueron violados y asesinados en menos de tres meses.
Esta vez le tocó al hijo del panadero; Jorge, joven apuesto de 18 años. Trabajador y buena persona
Las comadronas se juntaban en la esquina. No podía ser que en un pueblo tan tranquilo ocurrieran esas cosas tan aberrantes.
Primero había sido el hijo de doña Sofía, la modista, un niño de trece años. Apareció tirado cerca del riacho, desnudo, y con los pies y las manos atadas. Tenía todas las características de haber sido violado. Su deceso fue por asfixia, como en todos los casos, con una bolsa plástica cubriendo su cabeza.
Días más tarde fue Manuel, el hijo del zapatero, tenía solo 15 años. Con las mismas características que el anterior. Fue encontrado en el bosque.
A la entrada a una cueva de un cerro, encontraron al joven de 16 años, hijo de doña Matilde y don Romualdo.
En la costa del riacho también se encontró a Fermín, de 16 años.
Todos fueron violentados y asesinados de la misma manera que el primero .
No se notaban indicios de haberse defendido.

La policía del pueblo no sabía a quien acusar. Todos los habitantes eran buenas gentes, personas trabajadoras y de buen vivir. No había muchas huellas. El delincuente utilizaba preservativos para no dejar rastros de semen. No se notaban más señales que las marcas de la soga que ataban sus pies y sus manos.
Esa tarde, se hizo la misa en memoria de Jorge (el último de los muchachos muertos)
El padre Miguel predicó en el sermón. Los habitantes se hallaban inconsolables y preocupados
Mientras el cura daba la bendición final al féretro de Jorge, notó que su sacristán, Aparicio dejaba caer lágrimas de sus profundos y tristes ojos. El sacerdote supuso que era por el afecto que le tenía superior que al resto de los muchachos fallecidos.

La policía había descubierto pequeños rastros: marcas de suelas de zapatos, pisadas de barro. Huellas que los llevó hasta el verdadero asesino y violador y con ellas llegaron a la iglesia. Allí descubrieron que los zapatos de Aparicio coincidían con los rastros que quedaron marcados cerca del riacho.
Lo llevaron preso esa misma tarde. El cura Miguel fue a visitarlo al día siguiente y los dejaron conversar a solas.
Aparicio en medio del llanto le confiesa al sacerdote lo siguiente:
- Padre, yo no fui. Le juro que yo ni los violé ni los maté, Sólo jugábamos un juego. Los llevaba a un lugar apartado, se dejaban atar los pies y las manos y ni siquiera los desnudaba ni los tocaba. Sólo yo les mostraba como me masturbaba. Luego de hacerlo, los dejaba en el lugar atados. Ellos se reían primero, pero cuando veían que me iba me llamaban para que los desate. Pero yo los dejaba. Ud. padre, tiene que creerme. Yo no le hice lo que todos dicen. Yo soy inocente
- Tranquilo hijo, yo ya lo sé.

1 comentario:

Componiendo dijo...

Ufff, qué fuerte, Eduardo. Es terrible y muy triste.
Saludos.
Conchi

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El Río de la Plata y yo

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