Lo que queda de nosotros (un corto relato)

Fueron viniendo de a poco. El primero que llegó, después de unos días, fuiste tú. Mi queridito hijo. Tan sensible siempre.. Te ví recorrer la casa, triste, acariciando cosas, acariciando recuerdos. Querías llorar, pero no podías. No importa, ya llegará tu tiempo.
Luego de los recuerdos fuiste al cajón donde sabías que guardaba los datos de mi cuenta bancaria donde tenía mis pequeños ahorros, los tomaste, y te fuiste.
Otro día volviste con tu hermana Clarita. Tan dulce ella. Charlaron. Recorrieron la casa.
No dieron mucha importancia a las cosas. Y se fueron.
A la semana volvieron los dos con un hombre que yo no conocía. Miró todo, la televisión, la heladera, los muebles, los cuadros. Ese cuadro que había hecho mi hermano de mi retrato, el espejo con marco de madera tallada que tanto nos había costado, lo pagamos tan caro con tu padre....Pasaron por los dormitorios, del tuyo ni si quiera te llevaste los trofeos de natación que estaban en la cómoda, ni las fotos, ni los diplomas. Luego, charlaron un poco con el hombre, le dijo que en la semana les hablaría.
A los quince días volvieron ustedes dos y el hombre con un camión, y unos peones, que empezaron a cargar todos los muebles. Se llevaban todo, como saqueando la casa. Hasta las copas de cristal de mamá que yo tanto cuidaba. Los cubiertos de plata, todo. Los cuadros, los espejos, no dejaron nada. Y se fueron todos.
La casa quedó vacía. Las paredes con las marcas de los cuadros. Algún que otro papel por el piso y nada más.
Luego volviste tú solo, como acordándote de algo. Fuiste al desván, del cual se habían olvidado, y buscaste entre los papeles y libros aquel cuaderno gordo en el que yo escribía pensamientos y poemas....Te acuerdas, de chico siempre te gustaba leerlo. Te lo llevaste.
La semana siguiente, volviste con Clarita. Fueron derecho al desván. Donde estaban las fotos viejas de mi padre, las revistas de mecánica que tu padre coleccionaba, el baúl donde guardaba el vestido de novia de mamá y el mío, esos con los que Clarita se disfrazaba de niña. Pensaron un poco, charlaron. Se tomaron el trabajo de hacer un pequeño pozo en el jardín del fondo, y comenzaron a tirar todo ahí, y les prendieron fuego.
No quedó nada más que un par de baúles vacíos, un banco de madera y algunas cajas de cartón.
Todo había sido saqueado.
Luego volvieron con otro hombre que tazó la casa y se la dieron para vender.
Pensé que tú, hijito mío, te quedarías con ella. Ya sabes, ahí nací yo. Sesenta años de mi vida pasé ahí junto a tus abuelos, tu padre y ustedes dos. Pero la vendieron. No importa, yo sé que los recuerdos pesan y entristecen. Mejor borrar todo el pasado y comenzar como si nada. Al menos sé que tienes tú ese cuaderno...
Y si algún día quieren recordarme, o llorar, bueno, ya saben donde estoy. Mis cenizas están en esta tumba. Aquí estaré hasta que estén ustedes. Luego, ya no quedará nada de mí, ni de tu padre, ni de los recuerdos.
06/04/07

6 comentarios:

Meli dijo...

Sabes que me ha hecho pensar mucho más de lo que tú te puedes imaginar? Pero, a la larga, qué son las cosas materiales sin querer conocer lo que sintieron sus poseedores? Te lo dice alguien que guarda todo, todo, todo. Besotes.

Diamantina dijo...

Conmovedor. Saludos. Melba

DePaco dijo...

Hermoso relato, Eduardo. Gracias.

Conral dijo...

Es muy fuerte lo que has escrito, amigo, pero tb es muy cierto. Cuando nos vayamos definitivamente ¿qué quedará de nosotros? En las estrellas nos encontraremos.
Un beso.

Anónimo dijo...

Eduardo como dice Conral en las estrellas nos encontramos.
te doy una palmadita y un abrazo.
Gracias.
Lucero

Anónimo dijo...

hola edu, buen relato, has retratado muy bien la frialdad del egoismo (por poco y venden las cenizas). un abrazo.
javier

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El Río de la Plata y yo

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