Encuentro (un breve cuento de soledades encontradas)

Leonor, después de tanto andar en su día, al finalizar la cena, se preparó un whisky en un gran vaso con hielo, y tranquila se sentó en su sillón a mirar televisión.
Con el control remoto en la mano, comenzó a pasar los canales. Nada, como siempre le llamaba la atención. Pero se encontraba muy tranquila y quería ver algo antes de dormirse.
Entre los paseos de canales se detuvo en aquel que estaban pasando una película nacional de los años cincuenta en blanco y negro. No conocía a ninguno de los actores. Trató de adentrarse en la trama y se enganchó. Una familia, normal, de barrio, cuatro hijos, y los padres. Todos contentos compartiendo la casa a las apuradas. Baño, cocina, dormitorios.
La madre (María) en la cocina cocinando para la cena del sábado. La cámara mostraba como María contenta preparaba lo que a la noche cenarían entre todos.
En escena aparece el marido, que la abraza desde atrás y le dice: “No te enojes, pero esta noche no como aquí, voy a jugar al billar con mis amigos”. Un simple beso en la mejilla, y la mirada de María, resignada y tierna, quedó a solas nuevamente en escena, continuando con sus preparativos.
Leonor, no sabía por qué esta película le llamaba la atención. Pero siguió mirando con detenimiento, mientras sorbía de su vaso de whisky.
La escena continuó en la cocina con María que seguía con sus quehaceres.
Entra el hijo mayor con el menor: “ Mamá, hoy no cenamos acá, nos vamos a la casa de Juan que hoy cumple años”. Un beso en cada una de sus mejillas de ambos hijos. Y nuevamente la mirada resignada de María, que no dejó de cortar cebolla.
Leonor pensó que esta era una película muy lenta, pero que le llamaba la atención algo, por lo tanto siguió mirando sin poder cambiar de canal y sin sacar los ojos del televisor.
Seguía María cocinando. Las ollas humeaban, los fuegos encendidos. Y mientras todo se calentaba buscaba los platos para poner la mesa. Siete platos hondos, siete platos playos, siete cuchillos, siete tenedores, siete vasos, siete servilletas...Cuando María vuelve a la cocina para controlar la comida que se está haciendo, levanta la tapa de una olla, revuelve y piensa si debe sacar tres platos de la mesa. Decide que no. En escena entran sus otros dos hijos varones, hablando entre ellos y muy contentos: “Mami, nos vamos, tenemos que ir a un campeonato de billar que nos dijo papá que se hacía en el bar de Quique”. Besos nuevamente en ambas mejillas y esa mirada de ella que no dejaba la resignación.
Leonor pegada al televisor por una película que no valía la pena, pero que ella pensaba que tenía que pasar algo, seguramente, muy pronto. No podía ser tan lenta y sin acción.
Mientras tanto María seguía disponiendo la mesa para siete. La botella de vino, la jarra de agua...Entra la hija: “Má. Ya vino Federico a buscarme, vamos al cine hoy. Qué bueno, espero que el estreno de esta semana sea lindo, porque la semana pasada fue un bodrio”.
Beso y resignación.
Leonor pensaba que para qué había puesto la mesa para siete, si al final se había quedado sola. Se sirvió otro vaso de whisky.
María apagó los fuegos. Puso el contenido de las cacerolas en hermosas fuentes y lo llevó a la mesa, frente al televisor. Se sirvió un plato con el preparado y dijo: “Otro sábado más cenando sola”. Se sirvió vino en una copa y en otra agua. Los demás platos estaban todos dispuestos en la mesa. Con esa misma mirada de resignación miró para todos lados, y advirtió enfrente de ella el televisor. Se paró, lo encendió. Cambió de canales y se asombró por algo, y lo dejó ahí para ir a sentarse a la mesa y mirar atentamente.
Leonor no sabía qué era lo que le había llamado la atención a María. Seguramente algún programa muy interesante. Pero qué raro, no se escuchaba el sonido que salía del televisor de María, sólo se veía un reflejo en el rostro de ella en colores. ¿Cómo?, si la película es en blanco y negro.
María estaba absorta mirando el televisor y la cámara mostraba sólo su rostro, que se iluminaba con rayos tenues de color.
Al momento la cámara enfoca el televisor de María, y se ve, en un televisor muy viejo y blanco y negro, una imagen de una señora sentada en un sillón, con un vaso de whisky en la mano, totalmente en colores.
Leonor advierte eso y mira más atentamente. Se da cuenta que la que aparece en el televisor de María es ella. No lo puede creer. Piensa que son los efectos del whisky. No entiende bien que pasa.
Mientras tanto María, no puede salir de su asombro. Ver imágenes en colores en su televisor. No era que le llamara la atención lo que miraba, sino las imágenes en colores.
La cámara nuevamente enfoca la pantalla del televisor de María. Leonor se para, para verificar si es ella, y la imagen del televisor de María también se para.
No hay duda. María la está mirando a ella y ella está mirando a María como la mira.
Desconcertada, Leonor, no sabe que hacer y habla.
- Hola María.
En el televisor de ambas se escucha ese saludo.
María no entiende.
Leonor levanta el brazo y nuevamente la saluda:
- Hola María. No te asustes. Soy Leonor.
María pensó que lo poco de vino que había tomado se le había subido a la cabeza.
- Yo sé que es extraño María, pero te estoy viendo, y tú me estás viendo a mi.
María cambió la mirada de resignación por una de extrañeza total y de desconcierto.
- ¿Donde estás Leonor?
- En el televisor, igual que vos para mí.
- No entiendo
- Yo tampoco. Pero estaba viendo esta película, vos cocinando, tu marido que se va a jugar al billar, luego tus hijos al cumpleaños, tus otros dos al campeonato de billar y por último tu hija al cine con su novio.
- ¿Y cómo sabe ud. eso?
- Ya te lo dije María, te estaba mirando por televisión. Hasta que prendiste vos la tuya y me empezaste a ver a mi.
- No entiendo nada, me parece que me estoy volviendo loca.
- En todo caso somos dos las que nos estamos volviendo locas. Porque yo tampoco sé como sucedió pero está pasando. Creo creer que esto es real.
- No sé, son las malas voces de la soledad, seguramente. No es bueno que me dejen sola. Estoy enloqueciendo.
- No. No estás enloqueciendo. Yo también estoy sola. ¿A ver, qué podemos hacer para ver si esto es real?
- No tengo la menor idea.
- Ya sé. Tenés teléfono.
- Sí.
- Decime tu número que te llamo.
María le pasa su número telefónico. Mientras se lo pasa, Leonor va marcando los números en su teléfono inalámbrico.
Se siente el rinng rinng en el teléfono de María, y en ambos televisores. María mira con cara de susto. Se para de su asiento y se dirige hasta donde está el teléfono pero se queda plantada sin atender. Asustada, sin saber qué hacer. El teléfono sigue sonando. Se escucha la voz de Leonor por el televisor que le dice: “Atendé, soy yo”
María levanta el tubo.
- ¿María?
- Sí.
- Soy Leonor, la del televisor.

06/04/08

3 comentarios:

Melba dijo...

¡Qué extraña e interesante historia! Con mucho suspenso...

Un abraz♥

Conral dijo...

Eduardooooooooo, podrías escribir guiones para películas de misterio e intriga, jaja. Qué buen relato. Me enganchó y eso que últimamente le temo a los textos largos.
Sigue escribiendo, amigo, que vales mucho.
Un abrazo.

Meli dijo...

Siempre con emoción ... tendré cuidado cuando me ponga a ver la tele ... no sea que me vean ellos a mí.

Besotes, Genio!!

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El Río de la Plata y yo

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