Encontrada (una pequeña historia)

Nací cuando mi madre aún tenía 16 años. Por lo tanto, ahora yo tengo 15 y ella 31.
Ella es mi única familia conocida. Nunca se llevó bien con sus padres, y a los 15 conoció a mi padre, que tenía 25 en ese entonces, y se fue a vivir con él. Nos abandonó cuando yo tenía 4 años, así que mi memoria de él es casi nula. Se fue a vivir a México, pero tuvo la delicadeza de dejarle a mi madre la casa en que vivimos.
Crecí estudiando en la escuela y escuchando por los noticieros y los diarios, la historia del proceso militar en la década del 70. Como raptaban gente, por su ideología, y los hacían desaparecer. Historia muy lejana para mí, pero que me hacía pensar en cómo esos familiares, que habían perdido a sus hijos y a sus nietos, seguían buscándolos por todos lados. Pensar que mi padre sabía donde estaba y nunca se preocupó ni por escribirnos una carta. Esa era mi historia. Unos sedientos por encontrar lo perdido, y otros hambrientos por encontrar cosas nuevas y perder lo pasado.
Un día, yo estaba en casa, y llamaron por teléfono preguntando por mi madre. Les dije que no estaba y que vendría tarde. La señora que hablaba me dijo que estaba llamando de la Agrupación Abuelas de Plaza de Mayo y me dejó un teléfono para que mi madre se comunique con ellas.
Las Abuelas de Plaza de Mayo, son aquellas que siguen buscando a los hijos de los desaparecidos en cautiverio durante la dictadura militar. Yo pensé en qué tendría que ver mi madre con ellas. Ella pensó lo mismo cuando le pasé el mensaje. No se preocupó mucho por llamarlas. Pero los llamados comenzaron a hacerse insistentes. Hasta que mi madre respondió al mensaje.
Le contaron que había una persona que vivía en nuestro barrio que la había visto y que había reconocido en su cara y su textura a una mujer de 25 años que desapareció estando embarazada durante la época en que nos gobernaban los militares. Que ella podría llegar a ser la hija de esta mujer y que si era así tenía una hermana 4 años mayor que ella.
Mi madre no lo podía creer. Pues la mujer que le habló le dijo que el llamado no había sido impetuoso, que ellas habían averiguado su procedencia, y aparentemente ella había sido adoptada en 1976.
Mi madre compartía todo conmigo, y se encontraba en una disyuntiva.
La encargada de Abuelas de Plaza de Mayo le dijo que si quería sacarse la duda y saber si pertenecía realmente a otra familia, debía hacerse con ellas, un análisis genético, para tener la certeza.
Yo le dije a mi madre que, en todo caso, no tenía nada que perder, y sí algo por ganar, una familia.
Después de mucho hablarle la convencí. Me pidió que la acompañe y fuimos. Ahí le explicaron todo. A finales de 1975, una tal Mabel Fernández, embarazada, con su marido, Ariel Klatz, los había ¨chupado¨ los militares, porque Ariel militaba en el partido comunista.
Desde aquella noche en que se los llevaron de su casa, nadie supo más de ellos, pero dejaron a sus familiares y una hija de 4 años. Un hombre que tiene familiares desaparecidos, y que vive por nuestro barrio, y que conoció a Mabel, cuando vio a mi madre notó el parecido y enseguida notificó a las Abuelas. La supuesta hermana mayor, que conocía a su madre por fotos, se acercó a nuestro barrio para ver a mi madre desde lejos y comprobar la similitud que tenía, no sólo con su madre, sino también con ella. Por eso las abuelas averiguaron que mi madre había sido adoptada en 1976.
Mi madre accedió a hacerse los análisis. Pero notaba que tomaba el tema con mucha frialdad.
El día que la llamaron para darle los resultados, mi madre me pidió que la acompañe.
Fuimos y nos ingresaron en una habitación, en la cual había un escritorio, donde estaba sentada una señora mayor, y tras ella un espejo. Nos sentamos frente a ella. Y el espejo reflejaba nuestras caras. Esta señora explicó que los análisis dieron un 92.5 por ciento de probabilidades consanguíneas con la familia de Mabel Fernández. Lo cual quería decir que mi madre había nacido en cautiverio y alguien la dio en adopción a sus supuestos padres.
También nos dijo que afuera se encontraba su hermana. Y le preguntó si quería conocerla.
Mi madre no reaccionaba. Yo le dije que sí a la señora. Ella se paró sonriente y victoriosa para buscar afuera a la hermana de mi madre. Cuando se abrió la puerta y ví la cara de la hermana de mi madre en el espejo, reconocí sus gestos, su forma. Mi madre me miraba por el espejo. Yo asentí con la cabeza. Mi tía asintió con la suya. Mi madre quedó impávida. Noté que mi tía se pondría a llorar en cualquier momento. Me levanté, me dí vuelta y la abracé. En cuanto la abracé rompió en llanto. Reconocí en ella 30 años de búsqueda, de tristeza. Miré a mi madre y ví en su rostro 30 años que se disolvían y nacía una nueva historia. Supe que necesitaba un abrazo en ese momento. Pero ya no era el mío el que correspondía. Era el abrazo de su hermana.
05/05/07

4 comentarios:

DePaco dijo...

Las dictaduras traen siempre desarraigos y tristezas (y violencias y muertes y desapariciones...). Afortunadamente siempre habrá unas madres y una plaza, sea en mayo o en octubre...Ojalá siempre las madres puedan lucir su pelo sin pañuelo blanco que las cubra.

Meli dijo...

Eduardo, muchas gracias por acercarnos unas vivencias de las que tengo noticias por otros medios. Es lamentable vivir y morir en la mentira y en la aberración. Besotes.

Diamantina dijo...

Seguro que esta misma historia se repitió con o sin variantes a lo largo de la geografía argentina. Mis rendidos respetos para todas esas personas que no pierden el valor ni la esperanza de encontrar a sus parientes. Una abrazo. Melba

Conral dijo...

Hola, Edu. Me dijiste que no te gustaba cómo había quedado tu relato. Creo, que aún siendo enrevesado, como es la situación que describes, está impregnado de ese arte que tienes relantando y vuelves a conseguir que uno se lo beba!
Gracias y enhorabuena.
No dejes de escribir, y nosotros que te leamos>!
Un abrazo.

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